miércoles, 6 de febrero de 2013

Documental ARTE: Iran, une puissance dévoilée.


Veintidós millones de engaños


Parece que como recalca en diversas ocasiones el enigmático personaje encarnado por Jacques Collin en la Comédie Humaine, «todo el mundo esconde secretos». Sin embargo, y para tratar de no abordar las cosas demasiado a la ligera, huelga señalar que esta escala humana de lo oculto, referida en diferentes pasajes de la obra por boca de Jacques Collin, varía según la cantidad y la cualidad del secreto silenciado. No es lo mismo mantener en secreto un sueldo de 800 euros remunerado en negro, sin contrato ni cotización a la seguridad social, que una cuenta de 22 millones de euros en Suiza. Y puestos en vereda, pues tampoco es lo mismo defraudar al fisco durante cerca de veinticinco años ni declarar una parte de los haberes amparándose en una ley de amnistía aprobada con el beneplácito de un gobierno empeñado en hacer aflorar como champiñones fortunas de dudosa procedencia, que dejar sin declarar, pongamos por caso, 3.000 euros. Pero si seguimos desenredando la madeja pues tampoco es igual mentir como una bellaco a la Hacienda Pública durante casi veinticinco años, siendo el tesorero de uno de los dos grandes partidos de este país, que hacerlo para tapar unas ganancias extras, y además hacerlo, sin estar afiliado a ningún partido o fundación de tinte político. En definitiva, la escala manejada para comparar ambos pares de ejemplos, parece quedársenos demasiado corta para juzgar uno de los ejemplos aducidos.

Aunque lo mentado en el párrafo anterior no sea ni mucho menos peccata minuta, lo cierto es que, más allá de las exorbitantes cantidades defraudadas y la dilatada duración de la farsa, mantenida durante casi un cuarto de siglo, todo el jugo de la malograda comparación brota, como linfa cristalina, cuando sopesamos un aspecto, a menudo pasado por alto en los medios de comunicación: la catadura moral del imputado en una causa judicial de semejante calado. Si nos atenemos a los hechos referidos más arriba, toda la enjundia de este turbio imbroglio de cuentas suizas, paraísos fiscales, sospechosos movimientos de capitales y fortunas a nombre de ex-tesoreros del PP, se esclarece de una forma más satisfactoria y provechosa en cuanto nos adentramos en el tan escurridizo como espinoso ámbito de la moral. ¿Qué valor otorgar a la palabra de ese individuo y de sus respectivos abogados? ¿Cómo seguir confiando en un señor que ha mantenido bien oculta una fortuna de 22 millones de euros durante cerca de veinticinco años, y ahora se propone justificar su procedencia euro a euro?

Cuestión harto complicada porque por encima de los preceptos legales vinculados a la presunción de inocencia, aquí también prevalecen otros principios de orden moral como son la honestidad, la probidad y la transparencia de un empleado público. Si alguien nos miente una vez, nada ni nadie nos asegura que el mismo individuo no vuelva a tropezar en la misma piedra tantas veces como sea necesario para salir al paso. Además es inevitable no pensar que, tal vez, la repetición de la falta acabe por convertirse en una conducta asimilada y normalizada, habida cuenta de la repetición y la reincidencia. Pero para acabar de rizar el rizo ¿qué ocurre entonces cuando la mezquindad, la trapisonda y el chanchullo se han convertido en prácticas ordinarias y recurrentes de la actividad profesional de un individuo durante un cuarto de siglo? Pues sucede que su palabra y, sobretodo, su cualidad moral quedan tan en entredicho, que sólo un acto de fe nos permitiría seguir confiando en él.

Por ello, las ahora tardías confidencias del abogado obstinado, como no iba a ser de otro modo, en defender la causa de su cliente, afloran en el ámbito de la esfera pública a la manera de otras tantas justificaciones, fraudulentas y zainas, de un hecho insoslayable: la incierta calaña y probidad de su cliente. Mas, aun a riesgo de extraviarnos por los tortuosos y zigzagueantes senderos de la especulación, ¿cómo calibrar entonces las postreras declaraciones del señor Bárcenas, enviadas en un somero comunicado a la agencia EFE el pasado 30 de Enero, para exculpar y negar las informaciones sobre los supuestos pagos de sobresueldos a reconocidos dirigentes del PP? Cuestión ésta, también complicada. Dados los antecedentes del ex-tesorero del PP cómo aquilatar y, aún más importante, cómo sopesar las siguientes afirmaciones: En escrupuloso cumplimiento de la Ley, la contabilidad del partido fue siempre presentada ante el Tribunal de cuentas para su fiscalización...¿En escrupuloso cumplimiento de la ley? ¿Será ese, el aludido manejo de las cuentas del partido, tan puntilloso y escrupuloso como lo fueron la ocultación al fisco de sus 22 millones de euros en una cuenta suiza durante cerca de veinticinco años? Dejemos que la duda se resuelva así misma. Ahora bien, qué valor de verdad atribuir a estas otras declaraciones: Jamás en los muchos años de servicio que tuve el honor de desempeñar en el PP auspicié ni ejecuté acción alguna que pudiera suponer un incumplimiento de la Ley ni de los estrictos principios éticos del partido. Por más que el señor Bárcenas se esfuerce en ofrecernos una imagen de chivo expiatorio sometido a la estrecha acechanza de la justicia y la conspiración interesada de los estamentos del poder cercanos a la oposición, es inevitable que veinticinco años de mentiras y 22 millones de euros, no te forjen un cierto aura de malhechor y forajido de Fiscos y Haciendas. A lo sumo, se podría mantener, por indulgencia y respeto a la letra de la ley, la consignada presunción de inocencia, pero ello en nada disminuye ni las dudas y barruntos que se ciñen sobre el ex-tesorero del PP ni la consecuente apreciación que, semejantes prácticas, generan en quienes contemplan la política con tanto escepticismo como para dar casi por sentado y evidente que la línea delimitando el dominio de lo público y lo privado es harto borrosa.

¿Ha estado el señor Bárcenas intrigando durante años al frente de la tesorería del PP? Pregunta comprometida y respuesta aún más comprometida, dado el cariz de los asuntos tratados aquí. Más aún cuando cada una de nuestras palabras tiene que ser mesurada en su justa medida para evitar toda posible acusación de difamación pública. Y eso, a sabiendas de que la verdad también puede volverse contra quien la busca a toda costa. Pero el entramado de la ley y el derecho no resta valor a las apreciaciones vertidas en el dominio de la moral. Así, puestos a opinar, pongamos el acento sobre la catadura moral de una persona que ha ejercido como tesorero de uno de los partidos mayoritarios de España, para tratar de hacernos una parva idea de la ostentosa opacidad y vileza que, por desgracia, aún campan a sus anchas en la organización interna de los partidos políticos y, solo en contadas ocasiones, salen a luz reflejadas en casos de financiación ilegal o corrupción salpicando a algunos de sus miembros, gerentes y afiliados.

Y en este caso concreto del señor Bárcenas, el mal ya está hecho y no basta sólo con retirar la mano después de haber arrojado la piedra. Si ahora a los mitos del ciclismo les ha dado por confesar sus pecadillos veniales, después de haber renegado hasta la saciedad y bajo juramento sus flirteos con substancias dopantes, cabría esperar que semejante milagro aconteciese también en el ámbito de la política y, algún lejano día, la verdad aflorase de una vez en ese agitado ruedo de banderilleros y matadores con ocultas fortunas de 22 millones de euros. Esperemos – o roguemos- que así sea, y mientras tanto atendamos a que el señor Bárcenas justifique euro a euro esos veintidós millones de engaños caídos del cielo en una cuenta bancaria en Suiza, a donde el interfecto, asegura, acude de tanto en tanto dada su afición por el ski. Está claro que por casualidades y carambolas de esa guisa, el señor Barcenas es un hombre, en toda regla, afortunado o, como afirma jocosamente mi vecino gaucho del cuarto un “suertudo” de muchas tablas y conocidos en los despachos y pasillos de la sede del PP en la calle Génova.